“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
Horacio Verbitsky, periodista y escritor argentino

miércoles, 24 de mayo de 2017

Una profesión desaparecida: colchonero. Carmen Benito Torres y Jesús Sánchez Requena varearon la lana de los colchones hasta la llegada de los materiales sintéticos.

    Carmen Benito Torres y Jesús Sánchez Requena viven al lado de la Ermita de Santa Ana junto al mural que hace unas semanas pintó Latrini en el Primer Festival de Grafitti y Arte Urbano. Por cierto: cada día les gusta más lo que les dejó esta caudetana

  Y como esta pareja de simpáticos abueletes viven solos, les hacen mucha compañía las dos chicas del cuatro. De hecho, esta crónica tiene su origen en el mural de Latrini ya que mientras lo pintaba me enteré que Carmen y Jesús fueron los últimos colchoneros, una de las muchas profesiones desaparecidas con la llegada de las nuevas tecnologías. El "graffiti" ha servido para recordar qué hacían los "colchoneros".

   Hasta la llegada de los colchones fabricados con materiales sintéticos en la década de los 70, lo más común es que fueran de lana. Esta se apelmazaba y era necesario llamar al colchonero para que la varease y así poder ser usado el colchón como el primer día. La desaparición paulatina de los colchones de lana, supuso también la desaparición de este oficio: colchonero.

   El padre de Carmen, Miguel Benito Albertos, que nació en 1905, se dedicó todo su vida a colchonero. Murió a los 84 años pero antes les enseñó la profesión a sus dos yernos: Jesús Sánchez Requena y Manuel Benito Benito.

Miguel empezó siendo barbero pero una tía suya le animó a que se hiciera colchonero. Cuando no vareaba iba a trabajar y cultivar unos cuantos bancales que tenía. Su mujer Pascuala Torres Medina le ayudaba a coser las fundas de los colchones.

Cuando Miguel se retiró, continuaron el oficio su hija Carmen y su yerno Jesús a los que recuerdo en mi casa, hace 55 años, vareando el colchón de lana que tenía mi madre. Jesús varaba y, más tarde, Carmen cosía.

 Me han dicho que mientras que en verano la faena practicamente era a diario, en invierno solo se vareaban los colchones de los que se casaban. Lo normal era varearlos una vez al año. 

Los que no podían pagarlo tardaban más tiempo en llamar al colchonero. El último que vareó fue en 1995. Recuerda que cobraron 200 pesetas en una moneda de plata que todavía guarda como recuerdo. Les llevaba tres horas de faena: dos para varear la lana y otra para  colocarla y coser la funda.

    De niño, yo dormía en una cama que tenía el colchón de pellolfas, la piel del maíz y, los domingos, cuando se levantaban mis padres, era un placer tumbarse en la cama que tenía el colchón de lana. ¡Lo que ha cambiado la vida!. Más abajo tienen a Miguel y a Pascuala que durante toda su vida fueron colchoneros.









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