“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
Horacio Verbitsky, periodista y escritor argentino
Comunicado Importante

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Por eso nos hemos visto obligado a crear un nuevo blog para poder seguir exprensándonos de forma libre. Aquí está la nueva dirección.

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sábado, 9 de junio de 2018

"La Transición no fue el Bálsamo de Fierabrás que nos curó todos los males" (segunda Parte), por Óscar de Caso. "Los déficits democráticos que padecemos en España tienen su origen en la Transición".


          Primera aseveración: los déficits democráticos que padecemos en España tienen su origen en la Transición.
           La izquierda del régimen, esto es, aquellas personas que, a pesar de sus valores progresistas y hasta socialistas, defienden el relato oficial y mitificador de la Transición española. Esta izquierda del régimen no solo ha sido dominante hasta ahora en el mundo de la cultura, con todo lo que ello implica a efectos de difusión del relato, sino que además ha sido protegida por todos los dispositivos del régimen, incluyendo muy especialmente a la prensa de derechas.
Uno de los errores fundamentales de esta izquierda española consiste en haberle entregado el mérito de la Transición a la derecha, lo que a esta le permite presentarse como casi única constructora de la democracia.
          Por un lado, algunos de los protagonistas de la Transición sienten que se les impugna gran parte de su biografía personal. Es evidente que la experiencia vital proporciona información adicional nada desdeñable, si bien, en ningún caso es prueba de nada.
          Cualquier crítica a la Transición ha sido considerada como injusta, desleal, antidemocrática o, en honor a los tiempos, populista. Sin embargo, esta crítica ha sido del todo necesaria para desvelar lo que realmente hay detrás de los procesos económicos y políticos que vivimos en el presente. Aunque la ruptura generacional ha agravado la distancia que existe entre la parte más joven de la sociedad y la versión oficial de la Transición.
         ¿Qué hizo el PCE? lo más práctico, racionalizó lo que estaba sucediendo para acabar justificando todo ese proceso con el argumento de que, mediante este, podría alcanzarse el socialismo.

 En vez de decir: “hasta aquí hemos podido llegar, porque nos han impedido ir más allá”, el PCE prefirió decir: “la negociación es el camino que siempre buscamos porque a través de ella podremos llegar a la ruptura democrática y al socialismo”. De esta forma, se contribuyó a legitimar el proceso y a crear en la militancia comunista la sensación de que la negociación con los fascistas era, en realidad, un objetivo deseado e incluso el inicio del socialismo.
          Aunque el relato-mito oficial nos habla de una Transición pacífica, la terrible matanza de Atocha forma parte del conjunto de los actos violentos que los partidarios del régimen franquista llevaron a cabo con objeto de frenar o limitar el alcance de la reforma democrática.
          En las elecciones de 1977 el PCE obtuvo el 9,4 por ciento de los votos. Los dirigentes del PCE con Carrillo a la cabeza, concluyeron que esos resultados se debían al miedo de la población al lobo comunista, con lo cual radicalizaron su apuesta por el eurocomunismo. Para mostrar a la opinión pública más consenso y “sentido de Estado” en 1978 se abandonó el leninismo, un aspecto puramente simbólico para entonces.
          A día de hoy debemos comenzar aceptando que la Constitución de 1978 es el resultado de un franquismo que no muere en los brazos de una revolución social, sino que más bien logra readaptar sus formas políticas.
          El poso del franquismo pervivió en las formas culturales de entender la política y también en el mantenimiento de las actitudes caciquistas y corruptas por parte de las oligarquías, que no vieron afectado su poder ni su influencia durante todo el proceso. La cultura política del caciquismo y del clientelismo, tan propios de las formas de hacer negocio durante el franquismo, se ha trasladado sin discontinuidad alguna a los tiempos democráticos.
          Lo que unió de verdad a los vencedores de la Transición no fue la Constitución de 1978 –sería ridículo hasta como hipótesis-, sino los negocios. Para un sector cada vez más decisivo de las clases dominantes, de su personal político, económico y militar, se hizo evidente la necesidad de transformar el régimen político a fin de conservar el régimen social.
 Ese régimen social era el régimen de los negocios y de la estructura del poder, que es lo que no se ha trastocado un ápice desde el franquismo. Así, la Transición a la democracia solo ha sido tal en el ámbito político y, en ningún caso, en el de la estructura de poder.
          Durante años decir la verdad sobre la Transición era considerado desestabilizador de la democracia, y dar por bueno el engaño se consideraba como facilitar el asentamiento del nuevo sistema. Lo que no se podía decir era la verdad, que ya no era revolucionaria, sino desestabilizadora.
Porque decir la verdad era recordar que el primer jefe de Gobierno fue el último secretario general de la Falange, que el fundador de Alianza Popular fue el ministro que justificó el fusilamiento de Julián Grimau, que el Borbón jefe de Estado de la democracia fue nombrado por Franco, que muchos divulgadores oficiales del mito de la Transición fueron los periodistas y propagandistas a sueldo de la dictadura… o que la violencia contra los comunistas y antifranquistas no fue un elemento aislado, sino una práctica sistemática protegida por los nuevos demócratas.
          El acontecimiento que borró definitivamente de la memoria la defensa republicana, y con ello sus principios y valores, fue la cacareada Transición española. En suma, el olvido es parte del consenso de la Transición. Un pacto entre élites que convirtió la amnistía en amnesia y, con el devenir del tiempo, en impunidad.


   Porque el olvido significa dejar atrás toda interpretación de lo que pasó en aquellos años de violencia descarnada que contradiga el mito de una democracia nacida por virtud de la inteligencia de unos pocos hombres –ninguna mujer- de Estado.
          Nuestra tarea ha de ser la de reivindicar a los héroes que arriesgaron o perdieron su vida, quemaron sus biografías y sacrificaron tantos aspectos vitales en pos de la democracia, porque es a ellos a los que debemos estar agradecidos.
 Sin ellos, sin su lucha, esta democracia se parecería aún más al franquismo. Y con este reconocimiento, seguir su ejemplo de lucha para conquistar una democracia real. Pero nunca volver a formar parte de la cultura de la Transición, esa trampa construida para negarnos a nosotros mismos y a nuestros padres y madres.
          Hoy, desde este acogedor blog, quisiera recordarlos y darles mi admiración a dos campeones de los Derechos Humanos que han fallecido recientemente: Carlos Slepoy y Marcos Ana. Como escribió el poeta Miguel Hernández: “Dos hombres que contienen un alma sin fronteras”.
          Termino este escrito con un poema del cantautor Víctor Manuel que refleja el dolor de las víctimas y la ignominia de los olvidos impuestos por Decreto o Ley, prescindiendo de los que sufrieron la pérdida. Sus estrofas son dardos de acero en el corazón de los perpetradores de los crímenes franquistas.
Cómo voy a olvidarme, si el olvido es memoria.
¿De qué debo olvidarme? ¿Están hablando en broma?
Cómo voy a olvidarme, solo olvidan los bobos que reescriben
la historia, para borrarlo todo…
Como voy a olvidarme de tantos humillados, de las familias rotas.
Que se abran las cunetas, que se miren las fosas.
Y que sea la justicia sobre todas las cosas.
Que los mal enterrados ni duermen ni reposan.
POSDATA.- Este escrito es un resumen de los razonamientos del señor Alberto Garzón y de un servidor sobre la Transición en España.