“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
Horacio Verbitsky, periodista y escritor argentino
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domingo, 10 de octubre de 2010

Gastón Segura Valero: villenero de nacimiento, criado en Caudete y residente en Madrid tras su paso por Valencia y Tarragona. De oficio: ¡escritor!,

               Aunque nace en la vecina localidad de Villena en 1961, a los siete años se traslada su familia a vivir a Caudete. En Valencia se licencia en Filosofía. Entre 1986 y 1989 vive en Tarragona trabajando como funcionario interino del Ministerio de Industria. Allí redacta su tesina de fin de carrera sobre “La política en el teatro de Esquilo”, obteniendo la calificación de sobresaliente. Colabora en un diario local, imparte clases y publica un libro de poemas del que dice que más vale olvidarse. Estos son los inicios de un escritor que en varias ocasiones “a punto” ha estado de dar el “campanazo”.

               Digo a punto porque en 1999 es finalista del “XXIII Premio Azorín” con su primera novela “Las calicatas por la Santa Librada”. La producción literaria en los once años que median desde “Las calicatas” hasta hoy es trepidante. Desde entonces comienza a vivir de todo cuanto se le ofrece en el campo de la escritura: desde labores de negro hasta en un diccionario marítimo que no se concluye. Escribe la historia de un sindicato y desempeña otros empleos eventuales para subsistir en Madrid como escritor mientras intenta, sin conseguirlo, publicar Las calicatas.

                En 2003 vuelve a resultar finalista, esta vez del “Premio Blasco Ibáñez” con su segunda novela “El dragón mellado, novela casi rosa”, que tampoco consigue publicar. Por fin en 2004 publica, por encargo de Ediciones B, “A la sombra de Franco”, una crónica sobre la fundación y disolución de la OAS en Madrid. En 2006 y por encargo de la Editorial Martínez Roca escribe “Ifni, la Guerra que silenció Franco” y “El coro de la Danza, relato de los 50 años del Grupo de Danzas de Villena”. En febrero de 2008 la Editorial Berenice publica “Stopper”, su tercera novela y, sin embargo, la primera que se publica.

              Otro escritor local, Joaquín de Saint Aymour, con el que accidentalmente coincidí hace tan solo unos días, me hablaba “de la amistad y de la admiración personal y literaria que le profesa a nuestro entrevistado”. Me dijo que suelen encontrarse en Madrid en el “Café Gijón”. Aunque por separado, puedo presumir de codearme con ellos en “Los Mirenos”. Sé que no va a ser fácil pero el “reto” ahora es juntar a los dos escritores en este céntrico bar compartiendo una de esas gachamigas que tan sabrosas le salen a Carmen, mujer de Miguel, amigo de la infancia del autor del libro “El Elegido”.
 
             Tras esta breve reseña biográfica, quiero agradecer a Gastón el tiempo que le ha dedicado a responder a unas cuantas preguntas, que nos ayudarán a conocer y valorar a un escritor “bohemio”, “introvertido sólo al principio”, “prolijo y polifacético” que, como tantos otros, continúa en la ardua tarea de “llevar la aldea a Paris” para ver de acotar un pequeño territorio en Madrid que le “permita vivir y practicar holgadamente el vicio de contarnos historias”.

           Pregunta.- ¿Por qué y para qué escribe Gastón?

          R.- En cuanto al por qué supongo que se debe a dos razones; la primera, es la fascinación por contar. La segunda, es la inveterada manía de no poder trabajar más que en solitario. Y en cuanto al para qué, supongo que para sobrevivirme.

           P.- Tomando la cita de Pío Baroja a la que haces referencia en tu libro “El Coro de la Danza”, ¿resulta más complicado de lo que preveías “llevar la aldea a París” ?... ¿Te ves con fuerzas para continuar intentándolo?

          R.- Por supuesto, no hay nada fácil, y hay que tener un empeño de cruzado.

            P.- ¿Desde cuándo esa afición a escribir?... ¿Cómo y cuándo descubres tu vocación?

            R.- La culpa la tiene Faulkner y ese libraco, como decía Onetti, titulado “Absalón, Absalón” que leí un verano de hace tantos años que me da vergüenza echar las cuentas. Y, por supuesto, como te he dicho antes, la fascinación por narrar. Si no sientes esta fascinación por el relato y porque te relaten cosas, difícilmente te conviertes en narrador.

            P.- ¿Cuáles son los escritores que te han marcado y los que siempre te acompañan?

           R.- Ya te he mencionado uno, William Faulkner, pero hay más, claro. Por ejemplo, Azorín, por su exquisito gusto por la palabra; Cervantes, por su viveza; Cela, por su humor sangrante; García Márquez, por su adjetivación inesperada; Miguel Ángel Asturias, por su espesura frondosa; el Gordo Soriano, por su compasión casi dostoyewskiana; Marsé, por sus personajes derrotados, y más, no demasiados más, pero algunos más.

          P.- Recuerdo, hace ya algunos años, unos escritos que me enseñó tu madre. En cada uno comentabas con ironía y sagacidad una fotografía. Trascendía tu perfecto conocimiento de la realidad social y política y recuerdo que lo hacías con un estilo similar al de Paco Umbral. Me hablaste muy bien de él y, sobre todo, cómo escribía su columna en El Mundo... ¿Era un personaje a imitar?

          R.- Umbral es uno de los hombres más dotados para la escritura que ha criado España en el siglo XX. No podía vivir sin escribir; era un grafómano. Yo lo traté una tarde de agosto de hace un puñado de años. Conmigo no fue el Umbral que quiere ver la gente, sino un hombre cariñoso y gentil, amigo afectuoso, solitario y triste, casi como un gatito abandonado. En cuanto a imitarlo, es posible que tomase cosas de él, como de otros escritores, y si algo tomé, fue el inmediato descaro de su prosa, que es algo excepcional y deslumbrante.

          P.- ¿Por qué no te has adentrado en el periodismo como Rosa Montero o Francisco Umbral, por poner dos ejemplos?

         R.- Habría que preguntárselo a los directores de los diarios, no a un servidor.
 
          P.- ¿Te ha tentado alguna vez participar en política?... ¿Cuáles son, a tu juicio, las causas para que el ciudadano le dé a los políticos en general (¡siempre habrá excepciones!) tan baja puntación, según los últimos sondeos del CIS?

          R.- La política me parece, al cabo de los años, una tentación juvenil. Ahora me siento incapaz de ser ni siquiera presidente de una comunidad de vecinos; mucho menos, concejal o diputado. Se necesita un talante del que carezco. En cuanto al descrédito de los políticos en España, me parece que lo causan esos colegios profesionales llamados partidos políticos que, como cualquier institución, primero mira por sus intereses y luego, por los demás. Y el político, quiéralo o no, ante todo se debe a ellos y luego a sus votantes y claro, a veces, entre los intereses del partido y los del ciudadano hay un abismo purulento donde el político hace equilibrios de funámbulo y, normalmente, sale de ese ejercicio mal parado y a menudo vilipendiado.

          P.- ¿Por qué la política en el teatro de Esquilo y no otro el elegido para tu tesina de fin de carrera?

         R.- Siempre me ha atraído el teatro. Y en esa tesina trataba de abordar un asunto que unía la afición con una cuestión moral: la propuesta didáctica del viejo Esquilo a sus conciudadanos atenienses. En cuanto a por qué la escogí: muy sencillo, por mi cercanía entonces al departamento de Ética de la Facultad.

        P.- Larra decía que “no sé si no se escribe porque no se lee o porque no se lee no se escribe”. Aunque hemos mejorado bastante... ¿cuáles son las causas de los índices tan bajos de lectura?

          R.- No sé si son bajos o altos dichos índices, sólo sé que ahora las personas disponen de demasiadas ofertas donde entretener el ocio, y algunas repugnantes y embrutecedoras pero, ¡qué le vamos a hacer!: el ser humano es un poco mostrenco y cantamañanas, afortunadamente, porque lo perfecto suele resultar atosigador. Además, el ser humano quiere evadirse de sí mismo, y la lectura a veces reclama lo contrario: concentración en la soledad y en el hecho insólito y perecedero de ser hombre, y esto, Joaquín, aterra.
 
         P.- Cuando lo haces de tu cosecha... ¿para qué público escribes?

         R.- Como siempre, para todos, pero además, como si Pla o Cela o Azorín me mirasen por encima del hombro cada vez que escribo una frase.

         P.- Alguna vez me has hablado de tus relaciones en Madrid... ¿qué me dices de tus amigos Javier Krahe, Joaquín Sabina... y tantos otros?... ¿Qué has aprendido y qué te han enseñado personajes tan singulares?

        R.- Sabina no es amigo mío; con él sólo he estado en un par de ocasiones y de pasada. En cuanto a Krahe, ha sido más que un amigo; en cierta manera, un maestro y, además, exigente e infalible. Y en cuanto a los amigos en general, te diré que son mis antenas en el mundo. Pero también, como decía Bryce Echenique, mi Seguridad Social; en fin, son algo indispensable para entenderme, aunque como en la canción de Serrat sean unos sinvergüenzas y unos atorrantes que responden sin que nadie les pregunte, unos sujetos que normalmente salen de las fiestas a empujones o persiguiendo a una señora hasta el ascensor, con o sin marido puesto. Quienes carecen de ese punto canalla y perdulario, me aburren mucho; me gusta la gente cumplidora, claro, pero que se tome la vida como una travesía donde hacer el tunante y el saltabardales. La vida hay que beberla del chorro y a morro, de lo contrario se pierde uno demasiadas cosas.

          P.- ¿Madrid ya no es lo que era o todavía da oportunidades?... ¿Qué es Madrid para ti?

         R.- Madrid ha sido una escuela y travesías nocturnas de puro milagro con Jaume Sisa, a quien también debo tanto que no sabría ni encontraría el modo de pagárselo. Madrid, sin Sisa, que regresó a su Barcelona, y sin algún otro que se nos ha ido muriendo por el camino, se me ha quedado un poco lacia y agresiva, para jovencitos con móvil y con hambre de competición, y yo ya no compito ni a los chinos. Aunque claro, todavía me quedan Las Ventas, las mujeres por sorpresa y a traición, y algunos bares recónditos de donde no te echan ni aunque bailes encima de la barra una mazurca, y los amigos, por su puesto, con sus pillerías de carcajada.

          P.- “Escribir para vivir o vivir para escribir”. ¿Es posible que en tu caso sea más lo primero que lo segundo, por tu carácter bohemio y amigo de los amigos?

          R.- No sabría responderte. Uno, a estas alturas de la vida, sólo sabe ponerse a contar y retorcer las frases, y poco más. Además, no pienso demasiado en la causa, sino en la tarea del contar, e ir contando.

         P.- ¿Cuál es tu ambición como escritor?

          R.- Como cualquiera del oficio: ser leído hasta en la Cochinchina.

         P.- ¿Qué trabajo o novela llevas ahora entre manos?

         R.- Un asunto corriente, de esos que salen en los periódicos.

         P.- ¿Cómo llevas la crítica?... ¿Te afecta en tu siguiente trabajo?

         R.- La crítica es fundamental para mí; es decir, la crítica de aquellos en quienes confío y son exigentes con mi trabajo aunque que a veces me joda. En cuanto a la crítica entendida como gremio, ésa que firma en los periódicos, no conozco a casi nadie, pero siempre se ha portado muy bien conmigo.
 
        P.- En tu caso... ¿cuál es el mejor momento para escribir?... ¿En algún sitio en concreto estás más inspirado?

         R.- No hay momento, ni sitio; hay obligación y compromiso con el relato. Levantarse de la cama temprano y sentarse como un forzado a escribir, y confiar en que el personaje te guíe.

         P.- ¿Qué tipo de obras lees?... ¿Ficción?... ¿Ensayo?... ¿Novela histórica? ¿Cuál es el último libro que has leído?

        R.- Ya no leo, salvo a los clásicos grecorromanos, nada que no sea en castellano original. Las traducciones no me sirven ni me enseñan. Y no prefiero géneros, sino relatos según vengan, aunque se presenten como poesías. En cuanto a lo último que he leído, son las novelas de Torquemada de Pérez Galdós.

         P.- ¿Por qué tiene tanto éxito de venta la historia novelada?

         R.- Desde que la inventó Walter Scott siempre ha tenido mucho éxito. Durante el siglo XIX, en España, se cultivó muchísimo, tanto como ahora o quizá más y por la gente más dispar; ahí están los novelones de Cánovas y hasta de Castelar como muestra, pero es género disipado y que en pos de la trapisonda deja escapar a la literatura por los forros; salvo, claro está, casos excepcionales como Galdós, Baroja o Robert Graves.

        P.- Te ha favorecido el carácter y tu formación el hecho de tener la doble nacionalidad de caudetano-villenero? ¿Eres más de un sitio que de otro o al cincuenta por ciento?

          R.- Decir si es uno de un sitio es muy fácil y muy difícil a la vez; verás, uno pertenece a su memoria. En cuanto a que me haya favorecido sentirme de ambos pueblos, por supuesto; si Villena tenía y tiene ese prurito de ciudad y de ajetreo, Caudete me dio el campo y lo inmediato, lo cercano, la tierra. Y de ser algo, amén de la memoria, creo que soy un hombre del Mediterráneo, excesivo e incorregible.

         P.- ¿Cómo le afecta la actual crisis a un escritor?... ¿Económicamente o también en la producción de ideas, creación literaria, de personajes, de argumento, tramas…?

        R.- La crisis no es más que una circunstancia social que el novelista debe aprovechar.

        P.- En el Prólogo de tu libro “Ifni, la guerra que silenció Franco”, dices que aguardas el veredicto del lector para ver si te pones el mundo por montera. Además de la calidad de un libro, el visto bueno del lector y de la crítica... ¿qué otras fuerzas deben concurrir para que su autor pueda ponerse el mundo por montera?... ¿Cuántas veces has estado cerca de ponértelo?

         R.- Las ventas y el pesetamen. Y la montera, para mi desdicha, me la he puesto poco.

         P.- Por la cantidad y calidad de libros que se publican... ¿asistimos en estos momentos a una segunda edad de oro de las letras españolas?... ¿Se puede hablar de estilo o tendencia?

        R.- No tengo ni la menor idea. En cuanto eso de las edades, son clasificaciones para estudiantes. Vivimos nuestro tiempo y hay que apechugar con él; es decir, atinar a contarlo.

         P.- ¿Corre peligro el libro tal y como lo conocemos frente a las nuevas tecnologías o son compatibles?

         R.- Tampoco lo sé, pero me da la impresión de que son absolutamente compatibles. Además, el libro tal como lo conocemos, es decir, el viejo códice latino, se concibió como sustituto del libro en forma de rollo en el siglo IV de nuestra era, y mira tú si han pasado años y sigue el tío tan pichi.

         P.- ¿Tiene sentido defender lo de la Alianza de Civilizaciones?... ¿Hiciste huelga el 29 de septiembre?

         R.- Cuando la huelga pasó yo estaba por esos mundos perdido entre ruinas, así que ni me enteré. En cuanto a la Alianza, aunque no me guste el título, me parece una propuesta loable en tanto que es un intento de buscar la comprensión y la cercanía entre los hombres.

        P.- ¿Cuáles son esas declaraciones tuyas, si se puede saber, de las que se hizo eco un medio de comunicación de Israel?

        R.- Una entrevista que me hizo Antonio Escudero para la revista Raíces, el órgano de difusión cultural de la Comunidad Judía de España. Y las declaraciones ahí están, pero no son políticas o cosa semejante, tratan de la condición del judío y de su herencia cultural.

        P.- ¿Qué opinión te merece la concesión del Nobel a Vargas Llosa?

       R.- Simplemente, estupendo.

       P.- Para acabar… ¿qué consejo le darías a un/a caudetano/a villenero/a que pretenda escribir un libro?

        R.- Fe, pulso y tino, y leer siempre a los maestros de nuestra lengua, desde Berceo hasta Marsé. Y descaro e impudor a la hora de decir. Hay que escribir sin remilgos y con devoción absoluta a la lengua española, a la de los clásicos y a la que se habla en la calle. Luego, el ingenio ya es cosa de cada uno, y a quien San Pedro se lo dio, que la crítica se lo bendiga. 





Joaquín Medina Íñiguez

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