“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
Horacio Verbitsky, periodista y escritor argentino

sábado, 11 de marzo de 2017

"La felicidad (algo abstracto), cómo acercarse a ella", de Óscar de Caso.

          Voy a intentar explicar lo que para el señor Boadella y para un servidor supone ser felices a nuestra edad ya veterana (la suya algo mayor que la mía).Sería conveniente que las próximas afirmaciones no las tomasen demasiado solemnes, pues nada más lejos de mi intención es conseguir llegar a perfeccionarlas. 

Tan sólo las escribo para divertirles; si algún bendito lector se sirviese de ellas no es necesario que yo reciba recompensa alguna. No obstante, en el supuesto caso de que algunos de ustedes se encontrasen con el día rumboso y se obstinasen en agasajarme con alguna gratificación material del tipo que sea; el señor Medina, propietario de este acogedor blog queda nombrado de inmediato mi fiel albacea con todas sus prerrogativas. En fin, aceptando de antemano la felicidad como algo abstracto, aquí van las sugerencias:
          “Coleccionar enemigos”.
          Nada más depresivo que intentar estar a buenas con todo el mundo. El buen rollo es uno de los ingredientes esenciales de nuestra generación, inventado para estimular la mediocridad, el tedio y el canuto. Buscarse enemigos tampoco resulta una tarea sencilla, porque lo esencial es saberlos escoger y cuidarlos. Ahora bien, si acertamos, el divertimento y la pasión están asegurados de por vida.

          “No practicar deportes”.
          A partir de una cierta edad, el deporte es un hábito peligroso para la mente y el físico. Ello, además del correspondiente ridículo que comporta su exhibición ante el prójimo. Hay que abandonar el deporte en la edad en que se debiera dejar de leer novelas (hecho este muy dañino aunque no logre percibirse con facilidad), o sea, cuando por fin se ha alcanzado cierta madurez. 

  Para encauzar nuestras sobrantes energías, sería muy útil para el bien común, por ejemplo, arreglar parterres de una plaza o limpiar las hojas del parque, lo cual puede significar miles de flexiones provechosas.

          “Tender a la castidad” 
(Ojo, he escrito solo tender, no vayamos a más).
          Todo lo que represente contención es una reserva de emotividad para ser disparada aprovechando solo el mejor momento. Especialmente cuando ya no se pueden hacer demostraciones y, mucho menos despilfarros en estos terrenos por falta de excedentes. Se trata de conseguir que resulte una milagrosa excepción aquello que para la mayoría del personal acostumbra a ser cotidiano. Y, por supuesto, ni por asomo contar a ningún prójimo, aunque sea muy cercano, la mínima reseña del acto en sí.
          “Ser ligeramente millonarios” 
(Con honestidad, por supuesto, no antepongamos demagogias)
          Los extremos son inquietantes, pero el de la precariedad puede ser tan letal como el del exceso. Se trata de encontrar la posición adecuada, de tal manera que los dineros tampoco nos avoquen a la avidez de la multiplicación y las malditas y temerarias inversiones, lo cual provoca inmediatamente insomnio. Lo contrario también puede significar para uno convertirse en carne de las actividades del Inserso, cuyos beneficiarios participan mensualmente en unas excursiones de muertos vivientes (con perdón).

          “No someterse jamás a ninguna ayuda psicológica” 
(Sea del tipo que sea, o se esconda furtivamente oculta).
          Nuestra tradición cristiana nos enseña que solo podemos ser profundamente felices si dejamos  de pensar en nosotros y lo hacemos sobre los demás. Nada es tan aburrido como uno mismo. En casos de remordimientos, u otros complejos muy propios de estas nuestras edades, siempre nos queda el confesor, que es mucho más barato y eficaz que el psiquiatra. Además, ahora no tendremos ni que hacer cola. Ni siquiera penitencia.
          En 1987 Joan Manuel Serrat compuso la canción “Llegar a viejo” dentro del disco “Bienaventurados”. Es la canción debida por Serrat a otros marginados sociales, a aquellos a los que algunos hijos mandan a residencias, a los que la sociedad convierte en “fantasmas con memoria”.

 Esta canción queda como un sincero e intenso testimonio en el que se denuncia la injusticia en que la sociedad comete con sus mayores, con aquello a los que debemos el mundo que hemos heredado. Una región que todos habitaremos algún día, porque al fin y al cabo todos llevamos un viejo encima. Dice:

Si se llevasen el miedo 
y nos dejasen lo bailado 
para enfrentar el presente. 
Si se llegase entrenado 
y con ánimos suficientes. 

Y después de darlo todo 
-en justa correspondencia- 
todo estuviese pagado 
y el carné de jubilado 
abriese todas las puertas. 

Quizás llegar a viejo 
sería más llevadero, 
más confortable 
más duradero. 

Si el ayer no se olvidase tan aprisa. 
Si tuviesen más cuidado en donde pisan. 

Si se viviese entre amigos 
que al menos de vez en cuando 
pasasen una pelota. 
Si el cansancio y la derrota 
no supiesen tan amargo. 

Si fuesen poniendo luces 
en el camino, a medida 
que el corazón se acobarda 
y los ángeles de la guarda 
diesen señales de vida. 

Quizás llegar a viejo 
sería más razonable, 
más apacible 
más transitable. 

Si la veteranía fuese un grado.
Si no se llegase huérfano a ese trago. 

Si tuviese más ventajas 
y menos inconvenientes. 
Si el alma se apasionase, 
el cuerpo se alborotase 
y las piernas respondiesen. 

Y del pedazo de cielo 
reservado para cuando 
toca entregar el equipo, 
repartiesen anticipos 
a los más necesitados. 

Quizás llegar a viejo 
sería todo un progreso,
un buen remate 
un final con beso. 

En lugar de arrinconarlos en la historia 
convertidos en fantasmas con memoria. 

Si no estuviese tan oscuro 
a la vuelta de la esquina.
O simplemente si todos 
entendiésemos que todos 
llevamos un viejo encima. 




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