“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
Horacio Verbitsky, periodista y escritor argentino

sábado, 29 de octubre de 2016

"Cómo debe ser la III República en España", artículo de carácter politico firmado por Óscar de Caso.

                           
       Comienzo afirmando con rotundidad que para conseguir una Tercera República, todas aquellas personas que estén interesadas en ello deberán conocer de primera mano la Historia de España en los últimos 200 años para poder comprender el tiempo presente  y poder proyectar un futuro mejor.

          Seguiré el análisis con algo parecido a una definición que escribe Julio Anguita (que de este tema creo que entiende mucho) sobre la proclamación de la III República: “ La proclamación de la III República se tiene que conseguir mediante el acuerdo explícito de la ciudadanía y tras un proceso que denominamos Constituyente, el cual no es otra cosa que la formación consciente de la mayoría social en torno a principios, propuestas, normas, derechos y deberes con vocación de estructurarse como alternativa ética de Estado”.

          En primer lugar, se dice ser republicano porque se es visceralmente antimonárquico y, en concreto anti rey Juan Carlos I. La gente parece ver la República como una protesta contra la Monarquía como si ésta fuese la encarnación de los males sociales y, aunque mucho tiene que ver, no lo es en el sentido que se le está atribuyendo.

          En segundo lugar, hay motivaciones de los que se dicen republicanos que se enraízan única y exclusivamente en la derrota de la II República. Así, se olvidan del análisis, de los desaciertos de esa república, de las vicisitudes que albergó e incluso se obvia que esa república tuvo un gobierno del Frente Popular, pero antes tuvo un gobierno de derechas por dos años, el de la CEDA.

          Y en tercer lugar, es cierto que,  en determinados sectores de la sociedad muy ligados a la izquierda, la República tiene la virtud de ser un denominador común y se muestra como seña de identidad de todos ellos.
          La República no es sólo que un Presidente sea elegido, no; es que la sociedad redacte un contrato social con ella misma. Apuntaré, como dato curioso  histórico, que los republicanos en España en 1867 eran una élite intelectual con base mínima y focalizada en reivindicaciones sociales urgentes y perentorias. 
Apuntaré también otro dato histórico curioso: Uno de los artículos que componían la Constitución de la II República decía: “El presidente de la República no podrá firmar declaración alguna de guerra sino es con las condiciones que le prescribe la Sociedad de Naciones”. 

Se trata de una supeditación clara de un Gobierno a un organismo internacional reconocido por todos (lección que deben aprender los gobernantes actuales). Este mismo artículo termina diciendo: “sólo una vez agotados aquellos medios defensivos que no tengan carácter bélico y los procedimientos de conciliación y arbitraje establecidos en los convenios internacionales de los que España fuera parte” (acertado y prudente remate de este artículo).

          Como hemos comprobado el republicanismo ha sido el portador de la ética, la democracia y, sobre todo,  el defensor de una sociedad de ciudadanos, es decir, de personas conscientes de sus derechos y de sus deberes; porque la República es una propuesta alternativa de sociedad estructurada en torno a cuatro ideas: Justicia Social, Democracia, Ética y Cultura.

       Aunque pueda parecer mentira o paradójico la Transición ha conseguido un “éxito” notable. Ha conseguido demoler lo que Franco no consiguió: la combatividad, la creatividad, la solidaridad y la existencia de un proyecto alternativo de sociedad. Lo que ocurre que ese triunfo de la Transición es la derrota del pueblo español.

          La cotidianeidad nos trae imágenes de revueltas,  quemas de retratos y expresiones colectivas de rechazo a la Monarquía. Esto constituye un síntoma de que determinados tabúes y santos griales son bajados de sus altares y se concitan contra ellos una amalgama de proyectos, culturas, rechazos y mecanismos de evasión.
          Pero, no nos engañemos. Si el proyecto de la Transición que Juan Carlos ha coronado recibe crecientes y paulatinos disensos, es como consecuencia de que está agotado, su Constitución varada y víctima del veneno retardado de las contradicciones, anacronismos, apaños, ambigüedades e incumplimientos que jalonan  su existencia formal.

 Hemos de asumir como un hecho irremediable que la III República, la del siglo XXI, no vendrá por sí misma sino que debe ser traída. Y es que la última línea de resistencia del monarquismo vergonzante (que es el más abundante) asienta su táctica en poner el acento en el cambio que la abdicación supone y obviar que, lo esencial, la Monarquía, continúa. Los partidarios de la Monarquía en general y de la juancarlista en particular, nunca dicen que ella es un bien en sí misma, sino el mejor de los sistemas para conseguir una serie de objetivos.

          Cuando al día siguiente al 23 de Febrero el Rey recibe a los dirigentes políticos en La Zarzuela y éstos se acogen bajo sus alas, en agradecimiento a su actitud al Golpe de Estado, explicitan ese día que la Transición, lejos de constituir una ejemplar manera de restaurar la Democracia en toda su extensión, fue únicamente una segunda Restauración Borbónica en la que el bloque económico, social y político dominante durante el franquismo consiguió bañarse en las aguas del Jordán democrático. La Democracia o es radical o no lo es.

          La III República debe conseguir que la Paz sea el conjunto de valores y normas; que la Laicidad se apoya en dos pilares. La Ética, en sí misma libertad de conciencia, y el status cívico que define la separación de las Iglesias con respecto al Estado. Debe, así mismo, aprender que la Austeridad entendida siempre como Justicia Social tiene que tener un control exhaustivo del dinero público y una administración absolutamente transparente.

     Finalizaré escribiendo que la clave que marcó ambas repúblicas anteriores fue la de acceder a ellas por azares coyunturales, de manera casi imprevista, sin haber podido organizar una masa crítica capaz de apoyar las grandes reformas que se necesitaban, conforme a una previsión preparada. Por eso, a la hora de plantear una propuesta de una III República, no podemos olvidar volver los ojos al pasado, tan presente, para aprender, seleccionar y corregir.

          Que la lección de nuestra historia nos sirva en el futuro.... 











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